viernes, 11 de marzo de 2011

Como un caballo desbocado

Tan cercano, y tan lejano; quisiera absorberlo beberlo como el agua, respirarlo como el aire, hacerlo un todo mio, que se acabase convirtiendo en mi sangre, para que pudiese correr libre por mi cuerpo. Alcanzar la felicidad, saber que lo he logrado.
Ser la flecha que sisea en el aire.

De mi prisión he hecho mi hogar, inmovilizado por el miedo, acabaré pereciendo, y caído en la tierra seré consumido por gusanos. Dejando tras de mi el rastro de un desalmado que quiso ser y no pudo.

La bella rosaleda ahogada por una densa foresta. Enormes árboles; imponentes y robustos; malas hierbas; resistentes y dañinas.

La frustración y el miedo; cada segundo muerto, como un ejercito de ánimas me vendrán a rendir cuentas, me dirán que otros como yo tuvieron lo que quisieron; que la rosaleda tenía espinas, y podía con la mala hierba; que está ahogó con sus raíces la vida a tu belleza, que ya es tarde, que ya no me esperan, que se van a descansar, que el alba llega.

¡Quisiera poder hacerlo! Hacer que volviese la primavera, que el mirlo cantase posado sobre tu rama cada mañana. Que cuando llegue la noche, y con un suspiro te asomes a la ventana, veas mi firma en el firmamento, junto a la luna más bella , y como esperanzas dejadas por un necio, millones de estrellas iluminadas.

Como un aura a tu alrededor, te roza y te siente; como el aire que respiras, una explosión de energía que quiere ser humana, como una ola que intenta escapar del océano, como una lágrima en un día de tormenta...

Soy yo, el caballo desbocado que galopa sin jinete en las costa tras ser abandonado.